Escritura de un cuento policíaco
ACTIVIDAD
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Toma nota de los eventos y detalles más importantes.
Una noche en París, durante el otoño de 18…, fui a visitar a mi amigo, Auguste Dupin. Estábamos fumando nuestras pipas y hablando cuando la puerta de su estudio se abrió. El señor G…, el prefecto de la policía de París, entró en la habitación.
- He venido a pedirle consejo – dijo G… a mi amigo Dupin. - Estoy tratando de resolver un caso muy importante aunque también muy simple y no dudo que podamos resolverlo, aunque todavía no lo hemos logrado.
Mis hombres y yo hemos trabajado en este caso por tres meses, dijo G... - Es un caso muy simple de robo. Dupin tomó una bocanada de humo. - Quizás el misterio es demasiado simple para que usted pueda solucionarlo - dijo.
G… se echó a reír. - ¿Demasiado simple?, dijo. -
¿Quién ha oído hablar de tal cosa?
Miré a G... - ¿Por qué no nos dice el problema? - Dije. G dejó de reír y se sentó.
- Está bien, dijo. - Pero no deben comentar esto con nadie. Si se supiera que lo he discutido con otras personas podría costarme mi posición actual.
- ¡Oh, no! Hable usted – dijo Dupin.
- Está bien. He sido informado por alguien con un altísimo puesto en el gobierno, que cierto documento de suma importancia ha sido robado de las cámaras reales. - Hace tres meses, alguien robó una carta de un personaje muy poderoso. Ella está ofreciendo una gran cantidad de dinero a cualquier persona que pueda devolverle la carta.
- El contenido de la carta podría afectar a cierto personaje de las más altas esferas y quien posea dicho documento podrá perjudicar a su dueño.
- Sea un poco más explícito – dije.
- Puedo afirmar que dicho papel da a su poseedor cierto poder en cierto lugar donde dicho poder es inmensamente valioso.
- Sabemos que un enemigo político, el ministro D…, robó la carta. También sabemos que está en algún lugar en su casa. D… planea usar la carta para obtener beneficios políticos.
- Pues bien – dijo Dupin dirigiéndose a mí – eso es lo que se requería para que el dominio del ladrón fuera completo: este sabe que la persona robada lo conoce como el ladrón.
En efecto – dijo el prefecto –, y el poder así obtenido ha sido usado en estos últimos meses para fines políticos, hasta un punto sumamente peligroso. Arrastrada
por la desesperación, la persona robada me ha encargado la tarea de recuperar la carta.
- Para ello – dijo Dupin – no podría haberse encontrado agente más sagaz.
- Me halaga usted – repuso el prefecto.
- Pero usted tiene todas las facilidades para ese tipo de investigaciones – dije –.
- En efecto. Como ustedes saben – dijo G… - yo tengo unas llaves que pueden abrir cualquier cerradura en París. Durante los últimos tres meses, mis hombres y yo hemos pasado todas las noches por la casa del ministro D… en busca de la carta, pero no hemos podido encontrarla.
¿por qué no nos da detalles de su requisición? – pregunté.
- Nos tomamos nuestro tiempo. En primer lugar, examinamos los muebles en cada habitación. Abrimos todos los cajones. Miramos debajo de las alfombras. Realizamos búsquedas detrás de todas las pinturas en las paredes. - Abrimos todos los libros. Hemos registrado bajo las tablas del piso. Buscamos para ver si el ministro D…había escondido la carta en las patas de la mesa. Pero no hemos podido encontrarla. – pues bien, señor Dupin, ¿qué me aconseja que haga?
- Revisar de nuevo la casa completamente – Respondió Dupin.
- Pero es inútil – replicó G…- la carta no está en la casa. Estoy tan seguro de eso como de que respiro.
- No tengo mejor consejo que darle. dijo Dupin –. Supongo que posee usted una descripción completa de la carta.
- ¡oh, sí!
Luego de extraer una libreta, el prefecto procedió a leernos una descripción detallada de la carta. Poco después se despidió de nosotros, desanimado como jamás lo había visto.
Alrededor de un mes más tarde, G… regresó a vernos.
- Seguí su consejo – dijo – pero todavía no he encontrado la carta. Todo fue tiempo perdido.
- ¿A cuánto dijo que ascendía la recompensa ofrecida? – Preguntó Dupin.
- Pues… a mucho dinero…muchísimo. No quiero decir exactamente a cuánto, pero estaría dispuesto a firmar un cheque por cincuenta mil francos a cualquiera que me consiga la carta.
- Pues mi querido G… - dijo Dupin - déjeme que le cuente una pequeña historia. ¿Recuerda el famoso médico, Louis Abernathy?
- ¡No! Gritó G… – ¡vaya al grano, Dupin!
- Por supuesto, por supuesto – dijo Dupin. Una vez, cierto hombre avaro tuvo la idea de obtener consejo gratis de Abernathy en una fiesta. El anciano no se sentía muy bien. Entonces, describió sus problemas de salud al médico como si se tratara de otra persona:
“Ahora bien, doctor – dijo el viejo – suponga que tenía un paciente como ese. ¿Qué le aconsejaría?"
- “Esto es muy simple – dijo Abernathy – yo le aconsejaría que consultara a un médico”. G… parecía avergonzado.
- Vamos, Dupin. Estoy perfectamente dispuesto a pedir consejo y a pagar por él. Daría cincuenta mil francos a quienquiera que me ayude en este asunto.
- En ese caso – replicó Dupin, abriendo un cajón y sacando una libreta de cheques –puede usted escribir un cheque por la cantidad mencionada. Cuando lo haya firmado le daré la carta.
G… miró a Dupin con la boca abierta. Sus ojos parecían saltar de la cabeza. Luego sacó su chequera y pluma, y escribió un cheque por cincuenta mil francos. Se lo dio a Dupin.
Mi amigo examinó el cheque cuidadosamente y lo guardó en el bolsillo. Luego abrió un cajón de su escritorio, sacó la carta y se la dio a G…
Las manos del policía temblaban mientras abría la carta. La leyó rápidamente. Luego la guardó en el bolsillo y salió corriendo de la habitación sin decir una palabra.
- ¡Dupin! Exclamé cuando me volví a mi amigo – ¿Cómo resolvió el misterio?
- Era sencillo, mi amigo – dijo – G… y sus policías no pudieron encontrar la carta, porque no trataron de entender la mente del hombre que la robó. En lugar de ello, buscaron la carta donde ellos la habrían escondido.
- El ministro D… no es un detective. Él es, sin embargo, muy inteligente. Él sabía que la policía iba a buscar en su casa. También sabía cómo piensa un policía. Por lo tanto, no ocultó la carta donde sabía que iban a buscarla.
- ¿Recuerdas cómo G… se rió cuando le dije que el misterio era difícil de resolver para él, ya que era tan simple?
Dupin llenó su pipa con tabaco y la encendió.
- Bueno, cuanto más pensaba en ello, más me convencía de que la policía no pudo encontrar la carta porque D… no la había ocultado en absoluto.
- Así que fui a visitar D… en su casa. Me llevé un par de anteojos de color verde oscuro conmigo. Le expliqué que yo estaba teniendo problemas con mi vista y tenía que llevar las gafas oscuras en todo momento. Me creyó. Las gafas me permitieron mirar al alrededor de su casa mientras yo parecía sólo estar hablando con él.
Presté especial atención a una gran mesa donde había un montón de papeles y libros. Sin embargo, no vi nada sospechoso allí. Después de unos minutos, sin embargo, noté un pequeño estante sobre la chimenea.
Un tarjetero llamó mi atención y ahí vi una carta que parecía vieja y sucia, era además evidente que la carta había sido doblada en sentido contrario para escribir nuevamente en ella y le habían puesto un nuevo sello.
Tan pronto como vi esa carta, decidí que debía tratarse de la que yo estaba buscando, a pesar de que era completamente diferente de la que había descrito G… Esta carta tenía un gran sello verde en ella. El discurso había sido escrito en pequeñas letras en tinta azul. Me aprendí de memoria todos los detalles de la carta, mientras hablaba con D... Luego, cuando él no miraba, dejé caer mi tabaquera al suelo, debajo de mi silla.
A la mañana siguiente, me detuve en la casa ministerial para buscar mi tabaquera. Mientras hablábamos, escuchamos gente gritando en la calle. D… fue a la ventana y miró hacia afuera. Rápidamente, me acerqué a la estantería y puse la carta en mi bolsillo y la reemplacé con otra carta exactamente igual que había llevado conmigo. Yo mismo la había escrito la noche anterior.
El alboroto en la calle había sido causado por un hombre de conducta extravagante armado de un fusil, que acababa de disparar el arma contra un grupo de mujeres y niños. Finalmente se comprobó que el arma no estaba cargada y pronto la multitud de gente se fue. Cuando todo terminó, D… se apartó de la ventana. Yo me despedí y me fui.
El hombre que causó el alboroto era uno de mis siervos. Yo le había pagado para crear el incidente.
- ¿Pero, qué intención tenía usted – pregunté – al reemplazar la carta? ¿Por qué tomarse tantas molestias para reemplazarla? ¿Por qué no la tomó abiertamente en su primera visita?
Dupin sonrió.
- El ministro D… es un hombre peligroso - dijo – y tiene muchos siervos leales. Si yo hubiera tomado la carta, no habría podido salir de su casa con vida.
Confieso, sin embargo, que me gustaría conocer sus pensamientos cuando se vea forzado a abrir la carta por esa persona con un altísimo puesto en el gobierno.
- ¿Es que escribió usted algo en ella?
- No me pareció bien dejar la carta en blanco.
Cierta vez, en Viena, D… me jugó una mala pasada y, sin perder el buen humor, le dije que no lo olvidaría. Como él conoce muy bien mi letra, simplemente escribí en mitad de la página estas palabras:
… Un plan tan siniestro, si no es digno de Atreo, es digno de Tiestes.
Allan Poe realizada por la docente de Lenguaje
Lorena Mosquera García para CIER-Sur.
Después de haber leído la adaptación de “La carta robada” y haber revisado las preguntas que se encuentran en tu
material del estudiante, vamos a jugar Triqui.
Escoge la casilla donde quieres poner tu símbolo. Si contestas acertadamente, puedes poner tu símbolo, de lo contrario, es la oportunidad para el otro equipo.
El primer grupo que obtenga una línea de tres símbolos consecutivos gana la partida.
¿Qué motivaciones tuvo para cometer el crimen?