Reconocimiento del Romanticismo y Realismo.
ACTIVIDAD
3-
Fue un movimiento artístico y literario que en el siglo XIX, reflejó la
realidad cotidiana con todo detalle.
El Realismo se aleja de la libertad y usa la concepcion de ser reflejo
de lo que nos rodea.Se toma la realidad cotidiana como tema central
Se describen detalladamente los personajes, lugares y situaciones.
El escritor narra todo lo que observa.
Es muestra del lenguaje del momento y los costumbres gracias a
sus descripciones.
Usa temas cotidianos -
GÉNEROS LITERARIOS
LA NARRATIVA
Se reflejó en la novela y su
lenguaje libre, que permitía
generar una descripción detallada
de los sucesos y personajes de
los cuales se pretendía dejar
evidencia.EL TEATRO
La zarzuela aparece como una
obra teatral que combina diálogos
hablados y cantados.
Su público era masivo y su
carácter era popular. -
Benito Pérez Galdos (Madrid 1843 - 1920)
Su primera novela, La sombra, de factura romántica, apareció
en 1870, seguida, ese mismo año, de La fontana de oro, que
parece preludiar los Episodios Nacionales.
Luego escribió obras como:
Episodios Nacionales (1872)
Un faccioso más y algunos frailes menos (1879)
Ángel Guerra (1891)
Realidad (1892)
La loca de la casa (1892)
El abuelo (1897)
Electra (1901)
-
Juan Valera (Madrid, 1824 - 1905)
Se inició como teórico literario con Ensayos
literarios (1844).
Su obra principal fue Pepita Jiménez (1874)
Más tarde dio a conocer Las ilusiones del doctor
Faustino (1875), El comendador
Mendoza (1877), Pasarse de listo (1878), Doña
Luz (1879), Juanita la larga (1896) y
Morsamor (1899). -
Leopoldo Alas, “Clarín” (1852-1901)
El primer volumen de La Regenta apareció en
1884. Dentro de su producción crítica destacan los
Folletos literarios, una serie de ocho opúsculos
publicados entre 1886 y 1891.
Consulta el material del
estudiante para saber más
de este autor.
a las características que se observan del Realismo.
-
Tenía la Benina voz dulce, modos hasta cierto punto finos y de buena educación, y su rostro moreno no carecía de cierta gracia interesante que, manoseada ya por la vejez, era una gracia borrosa y apenas perceptible. Más de la mitad de la dentadura conservaba. Sus ojos, grandes y oscuros, apenas tenían el ribete rojo que imponen la edad y los fríos matinales. Su nariz destilaba menos que las de sus compañeras de oficio, y sus dedos, rugosos y de abultadas coyunturas, no terminaban en uñas de cernícalo. Eran sus manos como de lavandera y aún conservaban hábitos de aseo. Usaba una venda negra bien ceñida sobre la frente; sobre ella, pañuelo negro, y negros el manto y vestido, algo mejor apañaditos que los de las otras ancianas. Con este pergeño y la expresión sentimental y dulce de su rostro, todavía bien compuesta de líneas, parecía una Santa Rita de Casia que andaba por el mundo en penitencia. Le faltaban sólo el crucifijo y la llaga en la frente, si bien podía creerse que hacía las veces de ésta el lobanillo del tamaño de un garbanzo, redondo, cárdeno, situado como a media pulgada más arriba del entrecejo.
-
¿Qué descripciones de lugares,
personas o situaciones puedes
encontrar en este fragmento?
Como salí de aquí tan niño y he vuelto hecho un hombre, es singular la impresión que me causan todos estos objetos que guardaba en la memoria. Todo me parece más chico, mucho más chico, pero también más bonito que el recuerdo que tenía. La casa de mi padre, que en mi imaginación era inmensa, es sin duda una gran casa de un rico labrador, pero más pequeña que el Seminario. Lo que ahora comprendo y estimo mejor es el campo de por aquí. Las huertas, sobre todo son deliciosas. ¡Qué sendas tan lindas hay entre ellas! A un lado, y tal vez a ambos, corre el agua cristalina con grato murmullo. Las orillas de las acequias están cubiertas de hierbas olorosas y de flores de mil clases. En un instante puede uno coger un gran ramo de violetas. Dan sombra a estas sendas pomposos y gigantescos nogales, higueras y otros árboles, y forman los vallados la zarzamora, el rosal, el granado y la madreselva.
-
La heroica ciudad dormía la siesta. El viento sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles, que iban de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina, revolando y persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turbas de pilluelos, aquellas migajas de basura, aquellas sobras de todo, se juntaban en un montón, parábanse como dormidas un momento y brincaban de nuevo sobresaltadas, dispersándose, trepando unas por las paredes hasta los cristales temblorosos de los faroles, otras hasta los carteles de papel mal pegados a las esquinas, y había pluma que llegaba a un tercer piso, y arenilla que se incrustaba para días, o para años, en la vidriera de un escaparate, agarrada a un plomo.